¿Qué le duele?
Paraguay: situación actual y noticias de la selección La restauración del ADN y el vértigo de la manta corta
Gustavo Alfaro no aterrizó en Asunción para vender humo ni poesía revolucionaria; llegó con la caja de herramientas de un capataz experto en remendar estructuras. Su mandato fue claro y apegado al folklore nacional: recuperar el ADN. Para un público harto de experimentos estéticos que terminaban en derrotas dignas, este retorno a las fuentes — dos líneas de cuatro trazadas con regla, el culto al duelo aéreo y la pelota parada — se sintió como un exorcismo. El equipo vuelve a ser esa piedra en el zapato, una unidad que prefiere la claustrofobia de su propia área al vértigo de una posesión estéril.
Este fundamentalismo táctico esconde, sin embargo, una falta de redundancia que aterra. Todo el entramado descansa sobre un eje peligrosamente fino: la voz autoritaria del Mariscal en el fondo (Gómez) y la irreverencia eléctrica de la joven "Joya" (Enciso) arriba. Es una apuesta a dos plenos en un casino complejo. Si el veterano calla o el pibe se desconecta, el plan se disuelve en una resistencia heroica pero inofensiva. La dependencia es tal que cualquier resfrío de sus figuras se vive como una catástrofe nacional.
En la calle se respira esta dualidad; hay orgullo por ver al equipo morder y raspar, pero también el vértigo de caminar por la cornisa sin red. El hincha sabe que la garra tapa muchos defectos, pero no puede reemplazar el cableado cuando salta el fusible principal.
El camino hacia 2026 depende de ampliar este catálogo. Las ventanas de marzo y junio son el laboratorio donde Alfaro debe sintetizar alternativas, encontrando actores de reparto que puedan recitar el guion cuando falten los protagonistas. La expectativa no es estética, sino funcional: dejar de depender del milagro individual para convertirse en una maquinaria que tritura resultados, sin importar quién lleve la cinta.
Este fundamentalismo táctico esconde, sin embargo, una falta de redundancia que aterra. Todo el entramado descansa sobre un eje peligrosamente fino: la voz autoritaria del Mariscal en el fondo (Gómez) y la irreverencia eléctrica de la joven "Joya" (Enciso) arriba. Es una apuesta a dos plenos en un casino complejo. Si el veterano calla o el pibe se desconecta, el plan se disuelve en una resistencia heroica pero inofensiva. La dependencia es tal que cualquier resfrío de sus figuras se vive como una catástrofe nacional.
En la calle se respira esta dualidad; hay orgullo por ver al equipo morder y raspar, pero también el vértigo de caminar por la cornisa sin red. El hincha sabe que la garra tapa muchos defectos, pero no puede reemplazar el cableado cuando salta el fusible principal.
El camino hacia 2026 depende de ampliar este catálogo. Las ventanas de marzo y junio son el laboratorio donde Alfaro debe sintetizar alternativas, encontrando actores de reparto que puedan recitar el guion cuando falten los protagonistas. La expectativa no es estética, sino funcional: dejar de depender del milagro individual para convertirse en una maquinaria que tritura resultados, sin importar quién lleve la cinta.