National flag of Italia

Italia

Gli Azzurri

¿En qué fijarse?

En esta camiseta pesa una leyenda: ganar desde la defensa, sufrir y no quebrarse, y coronarse con oficio. La memoria de penales crueles y goles tardíos convive con títulos y un arquero, santo laico. El examen es otro: mandar con cabeza, cuidar el resultado sin pánico, pensar mejor que el rival cuando arde la llave. Lo intentarán desde una base sobria que enfría el partido y hace rodar la pelota hasta abrir una puerta, y cuando asoma el hueco, zarpazo: cambio de frente, desborde, centro venenoso. Si toca remar, se cierran, confían en las manos y la pelota parada, aceptan lo feo para volver a mandar. Miralos: de la angustia hacen método, y falta escribir el próximo golpe.

¿Qué le duele?

Sirenas, tablón, sudor: clasificación a martillo

Italia cerró la ventana con una foto incómoda: segundo puesto y el repechaje como mapa probable. El tablero marcó locuras —5–4 a Israel, 1–4 con Noruega en San Siro— y ese vaivén desmintió el viejo mito del candado perfecto. La salida es menos consigna y más oficio: sumar, estabilizar, bajar el ruido. Gennaro Gattuso leyó el clima y eligió el tono humano. Se disculpó tras el 1–4, habló de “familia” y de recuperar entusiasmo. No suena a consuelo: suena a deuda. El estadio funciona como termómetro; el perdón público pone la vara en el compromiso, no en la épica fácil. Operativamente, el equipo necesita menos transiciones abiertas y más primer pase seguro. Gianluigi Donnarumma, capitán de reflejo gigante y autoridad en el área, baja el pulso de los partidos; también debe domar los picos de frustración que asomaron en amonestaciones tempranas. Resumen: confianza, sí; respiración medida, también. Por delante, Riccardo Calafiori es una llave. Zurdo, elegante y con zancada para romper líneas, sus conducciones y cambios de frente limpian la salida por izquierda y ordenan la “vuelta” defensiva. Llega desde una rehabilitación avanzada y arrastra un peaje: duelos aéreos ante ‘nueves’ potentes y algún exceso al saltar del pasillo interior. La balanza pide coberturas claras detrás y minutos bien administrados. El Nations League contra Alemania ya marcó límite de ritmo ante la élite. No es hora de slogans, sino de ajustes. En esta Italia, la meta inmediata no es ganar un debate estético: es sellar el boleto y apagar la volatilidad. Primero el piso, después el techo.

El crack

Guantes y corona: calma en el minuto rojo

Gianluigi Donnarumma se sienta en un trono raro: joven y ya con medalla grande. En la Euro 2020 fue Jugador del Torneo y guardó el título con penales fríos, como si el estadio fuera un teatro y el telón cayera cuando él decide. Desde adolescente asumió el arco de Italia: herencia pesada, hombros preparados. Su imagen oscila entre la serenidad regia y el reflector implacable. Manda en el área, sale alto, congela el uno contra uno con un porte que recuerda a los viejos guardianes. Allí el equipo respira; allí se sostiene el relato de seguridad. La modernidad, igual, pide otra cosa: jugar bajo presión, arriesgar con el pie. En esos segundos, la tribuna contiene el aire. Es lógica de época, no de carácter. Y su carácter, competidor y gigante, suele ganar la pulseada. Italia confía porque Donnarumma ofrece esa mezcla poco común de reflejo de videojuego y temple de sala de museo. El riesgo está en la dependencia: cuando se espera milagro eterno, el bloque tiende a encogerse. La medida justa es clara: liderazgo de último metro sin convertirlo en único plan. Con eso, la corona no pesa: ordena.

El tapado

Compás abierto, trazo diagonal — riesgo medido

Riccardo Calafiori aparece como pieza de autor. Zurdo, puede ser zaguero o lateral, y su primera virtud es de taller fino: conduce con el cuerpo abierto, atrae una presión y suelta un cambio de frente que endereza la obra. En un equipo que sufrió vaivenes, esa salida limpia recorta transiciones y baja la ansiedad. El manual trae asteriscos. La licencia para saltar al pasillo interior exige un escudo claro del N°6 y una línea atenta para cubrir la espalda. Cuando el paso es a tiempo, Italia gana metros y campo inclinado. Cuando es intempestivo, queda un hueco que los ‘nueves’ de potencia exploran sin vergüenza. Su regreso, en fase final de rehabilitación, suma expectativa y pide administración de minutos. El duelo aéreo es punto de mejora; ahí valen la planificación de emparejamientos y la pelota parada como red de seguridad. Breve respiro: menos exposición, más lectura. Para 2026, el escaparate ideal habla de tres gestos: step-out con reloj interno, diagonal que rompa bloques, y economía defensiva sin faltas caras. Elegante y fuerte, Calafiori puede pasar de promesa a referencia si el riesgo deja de ser salto al vacío y se vuelve puente bien calculado.

¿A qué va esto?

Gattuso: auditoría del 3-2-5 y sus fugas

La Italia de Gennaro Gattuso se dibuja en 3-4-3 y cambia a 3-5-2 sin pudor. En salida, tres más dos con Gianluigi Donnarumma dentro del circuito; del otro lado, cinco por delante cuando acelera. El stoper zurdo —Calafiori o Bastoni— rompe como tranvía por la vereda ancha y encuentra a Federico Dimarco, zurda de élite. Si lo cierran, diagonal-látigo al carrilero opuesto, Andrea Cambiaso, y pase atrás. Es la jugada firma. La presión tiene tornillos visibles: pase atrás al arquero rival, recepción de espaldas sobre la raya, control largo. Salta la línea, muerde y, si pierde en banda, re-presiona ahí mismo. Con balón, el lado izquierdo ofrece la progresión más limpia; por dentro falta un creador puro, por eso el volumen llega desde los carriles y las descargas. El riesgo está contado. Duele la memoria del 1–4 con Noruega: detrás del carrilero alto se abre una puerta de servicio. Después de septiembre, el carrilero lejano quedó una línea más bajo y Gianluca Mancini ordena por dentro. Al proteger ventaja, aparece el 5-3-2, un mediocampista extra y ritmo bajado. Al perseguir, suben alas y llegan cambios temprano. El Plan B es más metalero: 3-5-2, centros y área cargada con Mateo Retegui, definidor frío, y Moise Kean, potencia pura. Nicolò Barella, motor incansable, y Sandro Tonali sostienen la balanza y la defensa de restar. Todo pivota en Donnarumma, arquero gigantesco: si apaga incendios, la verticalidad paga. Si no, se achican carrileros y se buscan pelotas paradas. Objetivo razonable: octavos a cuartos, con dignidad visible —intensidad, trabajo de “familia”— en cada noche azul. Por debajo, ruido. Por encima, épica sobria.

El sello

Parche Coverciano: tornillos apretados, brillo medido

En una piazza cualquiera, la camiseta azzurra se plancha como si fuera un traje. La pantalla todavía está en silencio, pero ya se sabe lo que no se negocia: el orden no excluye la belleza. Nadie festeja estacionar el colectivo. Tampoco se perdona la ingenuidad con la pelota. Ahí nace la exigencia y el malentendido. A Italia se la encasilla como fortaleza pura. Sin embargo, la fortaleza viene con moldura. De las ciudades amuralladas quedó un modo de ocupar el espacio: líneas rectas, sombras cortas, distancia controlada. No es negación del juego, es elegir el momento. La estética se mide en un control orientado, en un pase que descomprime, en un lateral que no regala el alma. Euro 2020 ofreció prueba: técnica sin alarde, valentía sin gritos, festejo con la camisa adentro. Coverciano enseña esa gramática. Pizarra limpia, distancias milimétricas, repeticiones hasta que el gesto sale de memoria. La Serie A prueba y corrige: bloques que achican, faltas que cortan antes del incendio, contraataques que aparecen como tijeretazo en tela dura. Cuando arrecia el partido, la preferencia enciende piloto automático: compactar, gestionar minutos, abrir una ventana al pique propio. Los nombres ordenan la conciencia. Franco Baresi dejó grabado un estándar severo: la zaga como columna y no como trinchera desesperada. Roberto Baggio demostró que se permite el desvío poético si la estocada llega en el momento justo: genio autorizado, no capricho. Gianluigi Buffon encarnó el pulso: gesto amplio, palabra de capitán, salvada que apaga la tribuna contraria y ordena a los suyos sin alarde. Tres figuras que se volvieron plantilla mental más que recuerdo. El cliché del “todos atrás” choca con otra presión más íntima: la bella figura también se reclama en la administración del sufrimiento. Despejar feo se acepta, despejar feo y tarde es vergüenza. Construir desde atrás entusiasma, construir como si no existiera el rival irrita. Ahí se juega la medida de orgullo puertas adentro. El tiempo agregó cicatrices útiles. 1994 terminó a penales con el estómago cerrado. 2000 se escapó cuando ya se tocaba la copa. La lección se hizo costumbre: la última pelota vale como todo el partido. Por eso el final italiano suele parecer una respiración contenida. A veces esa respiración se volvió virtud de acero; otras, fobia que paraliza. No hay fatalismo, hay memoria. El plan, aun así, tiene fugas. La presión alta no siempre se sostiene y el equipo sufre cuando la velocidad ajena impone intercambio largo. Faltan minutos de aceleración propia, se discute la profundidad y vuelve la cuestión del nueve: killer escaso, rotación de oficio. Las clasificaciones perdidas quedaron marcadas en la pared del vestuario con fecha y silencio. Modernizar la recuperación y la generación de chances ya no es capricho: es requisito para que la marca defensiva no se vuelva corsé. La Italia reciente intenta ese ajuste fino: la misma línea limpia, el mismo compás de orquesta, pero con una nota más vertical. El hincha reconoce la promesa cuando el pase avanza sin exhibición y el cierre llega sin aspaviento. Afuera dirán cerrojo; adentro se exige compostura con filo. La síntesis es conocida: se permite sufrir, se prohibe desfigurarse. Y la belleza, incluso en la barrida, debe quedar de pie.
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